ALQUIMIA INTERIOR

La necesidad de ser necesitada

Es otra de tantas máscaras.

Implica negar nuestras propias necesidades para satisfacer las de los miembros de nuestra familia o las de nuestras relaciones.

Es otro mecanismo de supervivencia.

Pudo ser que las circunstancias familiares nos obligaran a crecer demasiado rápido. Pudo ser que nuestras figuras paternas fueran demasiado inmaduras para lo que tocaba asumir, así que nos tocó a nosotras asumir prematuramente responsabilidades de adultos. Qué sobrecarga. ¿No tienes un “tema” ahora con la responsabilidad”? No me extraña.

Pudo ser que nuestra madre o nuestro padre estuvieran física, emocional o energéticamente ausentes y de forma inconsciente asumimos su papel, ocupamos su lugar, ayudando a cuidar a nuestros hermanos, o asumiendo roles que no nos competían.

Tal vez cargamos con el dolor y la frustración de nuestra madre, en un acto de amor subconsciente, cuando nos contaba detalles sobre su relación con nuestro padre que como niñas éramos incapaces de manejar emocionalmente. O vice versa. O su dolor sin más. Así nos volvimos sus confidentes, sus terapeutas, su sostén emocional.

Las compensadoras.

A cambio, recibíamos atención, recibíamos tiempo, agradecimiento, “amor”, o lo que entendíamos como tal.

Nos hicimos rescatadoras.

Pero en el backstage de toda esta película, nos íbamos sintiendo terriblemente vacías, drenadas, estafadas. Habíamos caído en nuestra propia trampa.

¿Si yo estoy absorbiendo todo esto, y me estoy haciendo cargo, quién se está ocupando de mí? Nos sentimos tremendamente solas. Qué vértigo.

Todo tu sistema nervioso congelado, alterado, o en permanente estado de lucha-huída.

Con la sensación de que no había nadie al volante de todo esto que pasaba ahí fuera.

Esto generó una gran sensación de injusticia. Un profundo dolor y soledad que compensamos con esta máscara. “No pasa nada, todo está bien”, al menos así pudimos bloquear parte de este dolor.

Pero nada estaba bien.

Y el caldo ya se estaba cociendo.

El caldo de cultivo sobre el que desarrollamos nuestro sentido de in-seguridad.

Un falso sentido de seguridad que se basaba en ser queridas por asumir cargas que no eran nuestras. Que se basaba en invisibilizarnos, estar calladitas para no molestar, ser elogiadas por “portarnos bien”, estar a disposición de asumir las necesidades de los demás y tolerar su negligencia emocional.

Esto fue lo que entendimos por ser queridas.

Aquí tienes el origen de tu pésima autoestima, de tu incapacidad para poner límites, de tu profundo sentimiento de vergüenza, de injusticia, la sensación de sentirte usada. La sensación de tener que esforzarte siempre muchísimo y la sensación tan grande de vacío.

Es nuestra necesidad de ser necesitadas, nuestra necesidad de ser queridas y nuestra necesidad de evitar enfrentarnos con nuestra realidad lo que nos mantiene en este lugar.

Hasta que  te sientes  devastada. Utilizada. Abusada. Saqueada. Limitada. Enjaulada. Crees que algún día reconocerán lo que hiciste por ellos. Que ese día te verán por quien eres. Y que ese día por fin, al reconocerte, serás compensada, te darán todo lo que necesitaste. Reconocerán tu dolor. Llenarán tu vacío.  

Qué locura.

Ese día nunca llega. Es una utopía. Un pensamiento mágico infantil.

Fuimos cómplices inconscientes de que se tejiera esta tela de araña que nos atrapó.

Es fundamental que podamos reconocer esto para poder escaparnos de ella y reivindicar nuestra hegemonía y nuestro poder.

Hacernos cargo.

Conectar con el profundo anhelo de ser recibida con todo lo que eres.

Con Todo.

Reconocer  las partes de ti que desean ser amadas cuando se equivocan, cuando decepcionan, cuando sienten ira, cuando están de mal humor, cuando son impertinentes, inconvenientes, incoherentes, odiosas, desordenadas, contradictorias, cuando están confundidas.

Cuando son improductivas, dejadas, inconsistentes,  cuando no tienen nada que ofrecer, cuando cambian de opinión…etc. y estar dispuesta a abrazarte y amarte a ti misma con todo esto.

Hasta entonces serás incapaz de saber lo que quieres o lo que necesitas porque te has hecho experta en saber lo que quieren y necesitan los demás. Nadie te preguntó. Ni tú tampoco.

Yo te lo pregunto:

¿Qué necesitaste?

¿Qué te gustaba?

¿Qué te nutría?

¿Te cuesta saberlo? ¿Ves ahora por qué?

¿Qué pasaba cuando decíamos NO?

¿Qué pasaba cuando reivindicábamos nuestra autonomía y nuestra identidad? ¿Nuestras necesidades?

Nos rechazaban. Nos castigaban. Éramos molestas. O nos criticaban, nos juzgaban o nos amenazaban con abandonarnos, nos castigaban con el látigo de la indiferencia para que volviéramos al redil.

Nos manipulaban con la culpa.

Nos decían que éramos unas malas hijas y que no nos iban a querer…

Volver era menos doloroso que soportar el dolor de morir de inanición de cariño y atención.

Internalizamos creencias como que nuestra supervivencia pasaba por asumir el dolor de otros, hacernos responsables de ellos, ser codependientes, traicionarnos a nosotras mismas para no perder la aprobación de los demás. Nos acomodamos en la migaja. En la escasez. En la creencia de que nuestras necesidades no son importantes. Ni nuestras opiniones.

Si mis necesidades no importan, si mi opinión no importa…entonces yo no importo. 

Fue así que durante muchos años confundimos el “amor” con la recompensa por traicionarnos a nosotras mismas.

No nos querían por quienes éramos, sin más, por ser.

Nos querían por lo que lográbamos, por las medallas en el cole y la universidad, por las mentiras que protegíamos, por los patrones que perpetuábamos. Nos querían por no hurgar en el dolor emocional familiar y solo tragar. Sin cuestionar. 

En un sistema disfuncional no se te valora por quien eres, sino por la función que desempeñas.

Cuando yo dejé de perpetuarlo, me rechazaron: “¡No quiero saber nada de ti!”, “¡Tú no eres mi hija!”, “¡No te reconozco!”, “Tú no nos quieres” “Eres una egoista!!”,”Estás cambiando”….. y tanto que sí.

De momento tuve que alejarme de mi familia durante dos años para poder recomponerme.

Sin contacto.

Conmigo.

Ahora iba a escucharme a mí. Iba a establecer un perímetro de seguridad por siempre y para siempre. Un límite sano y seguro. Mi espacio seguro. Un lugar de contención con buenos cimientos y profundas raíces.

Fue terrible. Estaba sola. Sola. En realidad, me di cuenta que ya lo estaba antes. Esta soledad era real.

Esto era la confirmación. Era la tierra en la que iba a sembrar. Sola delante de un camino nuevo que jamás había transitado y que se abría ante mí.

Sentarme con mi duelo y mi dolor fue mi práctica casi diaria. En ese lugar encontré la fortaleza de no ceder al chantaje.

En ese lugar encontré la voz para gritar un no más alto y claro.

En mi dolor encontré mi poder

Me encontré con mi ira.

Siempre digo que la ira es sagrada. Ella me ha enseñado tanto. Fue el fuego alquímico en el que me cocí y me fui transformando poco a poco. La ira me mostró las veces que permití que otros se sintieran con derecho a mí de alguna manera y me mostró el camino del autorespeto y del amor propio.

Me reveló el coraje que se encontraba en mi interior. Me dio la fuerza para abrazar mi dolor y sostenerme en él. Me mostró mi poder.

Me enseñó que no estoy obligada a atender a las personas que se niegan a asumir sus heridas o la responsabilidad de sus vidas.

Sus emociones son su responsabilidad, no mía. Aquí cada uno venimos con nuestras asignaturas y pruebas que superar. Nuestra propia guerra. Y bastante tenemos con eso.

Me mostró que no soy el canguro emocional de nadie. Me mostró que yo decido quién tiene acceso a mí. Lo que es correcto para mí y me dio la fortaleza para alejarme si esto no era bien recibido y sostenerme con ello. Me mostró que yo soy la soberana de mi cuerpo, de mi vida y de mi energía.

Que no soy la madre de mi madre. Ni de mi padre. Ni el padre-madre de nadie. Ni debo explicaciones. Ni soy la terapeuta ni la consejera. Ni la solucionadora de problemas. Ni su pantalla de proyección, ni su vertedero emocional.

Y fue en estos fuegos que me fui solidificando.Cristalizando. Deconstruyendo. Rehaciendo.

Parecía que nunca se iba a hacer la luz. Pero la luz siempre estuvo. Tu luz siempre está. Sólo tienes que salir a tu encuentro.

Que estés bien,

Lorena

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4 Comments

  • Beth
    26 abril, 2018 at 12:21 am

    Hola Lorena. Es increíble pero con frecuencia me parece que has vivido mi vida. Y debo decir que me habría gustado que nadie más la viviera, que no fuera algo que pasa a otras personas, porque no es allí donde está la realidad deseada. Pero sí que me siento bien al saber que una tribu de mujeres estamos superando un dolor parecido y cada una es inspiración para otra. Gracias por expresarlo. Yo aún no me atrevo a hacerlo

  • Lorena Cuendias
    27 abril, 2018 at 7:55 am

    Amiga, aquí estamos, para ponerle palabras y voz a todo esto que nos pasa y que vivimos, para así comprender, sanar y despertar. Sanamos en tribu. Un abrazo fuerte para ti.

  • Pino Rocha
    1 mayo, 2018 at 7:19 pm

    Tras leerte no tengo sino palabras de agradecimiento por tu generosidad al abrirte y transmitir tanto. Provenga de un hogar desestructurado donde el alcoholismo de mi padre y la falta de respeto eran el pan de cada día. Sinceramente me considero una superviviente que ha sabido transmitir otros valores a mis hijos pero soy realista y a nivel personal sé que esa etapa ha dejado secuelas en mi vida. Como también se que la madurez emocional que tengo ha sido fruto de haber tenido que lidiar con una difícil infancia En la actualidad estoy tratando de sanar a mi linda pecosilla (así llamo cariñosamente a mi niña interior) a través de visualizaciones y muchas conversaciones y mucho cariño y perdón por no haber sabido cuidar de ella en el pasado. Gracias gracias por la maravillosa labor que prestas. Un abrazo lleno de mucho agradecimiento.

  • Lorena Cuendias
    2 mayo, 2018 at 8:59 am

    Pino, eres una mujer muy valiente.Una superviviente, y un ejemplo para muchas personas. Un ejemplo de que a pesar de lo vivido, se puede despertar a la conciencia, y a pesar del dolor, volver al Amor y a una misma. Eres admirable. Gracias

Me encantaría saber tu opinión

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