Mujer Alquimia · Alquimia interior

Aldo B.

Después de acomodarme, acompañado por la serena energía de Lorena, inicié una mirada hacia mi interior. No tardé en sentirme recriminado con violencia por una voz infantil… enfoqué mi atención en esa queja, era una queja amarga de un niño envidioso, al fijarme en el niño que se quejaba, descubrí que era yo mismo, sin saber muy bien porqué el número 8 vino a mi cabeza y comprendí que ese niño que se quejaba era yo mismo con 8 años, y protestaba amargamente porque no había conseguido no sé que cosa… Protestaba porque el niño jupiterino y solar que yo solía ser lo conseguía todo de forma “fácil” con una sonrisa y sin aparente esfuerzo y sin embargo el no había conseguido lo que fuera… ¿Cómo?! ¿Yo sentía envidia de mí mismo??

                Lorena me acompañaba aportando hábiles preguntas para desatascar la situación. Mi niño de 8 años se sintió escuchado y su enfado disminuyó visiblemente y tras pedirle perdón por no haber sabido entenderle antes, se volvió un niño normal que poco a poco se desvanecía de mi mente para ir dando paso a otra energía, sombría, más intimidadora y más fuerte que la anterior… 12 años apareció esta vez en mi cabeza… El motivo de su enfado era muy distinto… la soledad, ese niño se sentía sólo. En ese momento vino a mi memoria el recuerdo de un día de mi infancia donde me sentí totalmente incomprendido, recuerdo ir a mi habitación con un portazo tras de mí y llorar tendido en la cama pensando que este mundo no era el mío, que mi familia no eran más que robots que habían puesto allí para vigilarme y que mi verdadera familia me había dejado allí solo en ese extraño lugar.

                12 años ya son edad suficiente para dialogar, le expliqué que en realidad nunca estuvo sólo (algo que aprendí mucho tiempo después), que siempre habían estado allí, aunque no pudiera verlos y que siempre nos han amado sin condiciones, eso le calmó mucho, lloramos los dos  con la dulce sensación de quien ha recorrido un duro camino lleno de dificultades y que sin embargo al volver la vista atrás comprende que esas dificultades eran las necesarias para fortalecerlo y hacerlo crecer… y su tristeza se tornó alegría.

                Poco a poco iba notando cambios en mi cuerpo, me sentía más presente, más relleno… como si me estuviera rellenando de mí mismo. Ignoraba que dentro de mí había tantos yoes con vida propia… parecía como si todos esos conflictos no resueltos hubieran quedado atrapados como ecos repetidos en el tiempo y el espacio de mi ser esperando a ser atendidos y liberados.

                Pronto apareció otro Yo… 18 años, muy violento y vengativo, me tenía agarrado por detrás y sólo decía: ¡Ahora te vas a joder!   Me sorprendió la imagen, era como si hubiera atrapado algo que parecían mis… ¿alas? ¿Desde cuándo yo tengo alas?… Ahí estaba yo mirándome desafiante como quien sujeta a un rehén de forma desesperada.

                Esta vez no percibí ni recordé ninguna escena concreta, sólo me dediqué a pedirle perdón, no sabía que es lo que le había hecho a mi yo de 18 años, pero debió de ser algo terrible para que quisiera destruirme de esa forma. Le pedí perdón, muchas veces, poco a poco sus brazos fueron perdiendo fuerza y mis “alas” se fueron desplegando, parecía como si mi cuerpo fuera mucho más grande de lo que es, de hecho, cuando acabé la sesión, al salir, me agachaba de forma inconsciente al pasar por el hueco de la puerta como si me fuera a chocar con la cabeza… y no soy tan alto como para eso.

                Ahí quedo el trabajo, yo miraba a mis tres yoes y los sentía mucho más alegres, livianos, justo como yo me sentía… bueno ¿yo?, quizás debería decir “Nosotros”.

                Una sola sesión me sirvió para tomar consciencia de que hay muchos yoes heridos esperando una palabra amable, o no, quizás esperen otra cosa… pero he descubierto que merece la pena preguntarles y permanecer a la escucha de lo que nos tengan que contar.